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miércoles, 13 de abril de 2016

"Corazón de tinta" 2º premio del III Certamen de relato insólito


Patricia Haro con Maria Mas regidora de políticas de igualdad del ayuntamiento de Rubí, tras recoger el segundo premio obtenido por su relato "Corazón de tinta" en el III Certamen de relato insólito organizado por Mujeres creativas del valles con colaboración del servei de la dona del ayuntameinto de Rubí.


Corazón de Tinta

Olga no sabía cómo había llegado allí. Ese era su problema. Su maldito corazón de tinta. Caprichoso y disperso. Un émbolo que proyectaba salpicaduras. Gotas deformes que trazaban una línea discontinua por la que se Olga era arrastrada. Un destino a merced de lo borrones. Pero no siempre fue así.
Olga era una niña vivaz. Fue concebida en un lago manso de tinta en el que nadó durante un tiempo con sus padres. Un lago cálido que ambos vallaron para Olga. Para que no pudiera atravesarlo el peligro. Un fluido de caricias que durante unos años bombeó su respirar, sus carcajadas, sus ganas….Y así Olga creció despreocupada bajo las atentas pupilas de su madre, Caterina que vigilaba el perfil de Olga para que no pudiera dibujarlo la noche.
Porque su madre tenía un don. Podía borrar con una aguja y tinta los miedos de un solo trazo. Caterina atrapaba con el plumín la sombra de cualquier pánico y la encarcelaba en la piel del que lo sufría. La rodeaba de un cerco profundo de tinta negra del cual no podían escapar. Sin sombra, ni oscuridad los miedos al desnudo resultaban patéticos y ridículos. La risa de sus antiguos propietarios los arrugaba hasta el punto de que preferían ahogarse en la tinta con los restos de su sombra, que perecer achicharrados por la alegría y la luz. El padre de Olga, Igor fabricaba los plumines con los que Caterina trabajaba.
Durante años Caterina ahuyentó el terror y la desconfianza con sus plumines. Pero tanta tinta vertió Caterina en pieles ajenas, que con tan solo veinticinco años su corazón agotado de tanto bombear murió de sed. La pequeña Olga de ocho años la encontró al volver de la escuela. Yacía tumbada sobre la mecedora. Tenía el rostro azulado y las muñecas extendidas como en señal de suplica. Olga no se lo pensó. Cogió aguja y tinta y como tantas veces había visto hacer a su madre intentó atrapar el contorno de la nube de la muerte que flotaba sobre ella. Pero era demasiado tarde. Esperó y esperó acurrucada pero su madre ya se había ido. Cuando su padre, regresó a casa al ver a su mujer yerma no supo reaccionar y se ocultó para siempre. Hundió la cabeza como un avestruz en el perímetro que le tatuó Caterina en sus muñecas cuando lo conoció. Y no volvió a levantarla de la negrura.

Ese día el corazón de Olga también se enfrió. La tintura dejó de latir con fluidez y se volvió malvada y viscosa. Desde entonces bombea su destino gota a gota. Alquitranando su pensar. Asfaltando su vida. Cada día se abraza a la inercia del sueño en un lugar distinto y con la amenaza de mismo interrogante ¿Adónde se desparramará mañana?
© Patricia Haro

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